“Bienvenidos”, se lee en el ingreso de “Apolo”, el supermercado apagado por el saqueo, entre la noche del lunes y la madrugada del martes. “Robó gente que venía a hacer las compras todos los días”, llora María García. Trabajaba en la fiambrería del comercio de un matrimonio chino.
Afuera, los vecinos describen la ignominia. Primero llegaron, “como pirañas”, decenas en motocicletas. Rompieron la puerta del único acceso. Y comenzaron a llevarse la mercadería del salón. Cuando quedó nada, destruyeron las góndolas. Luego vaciaron el depósito. Acto seguido, le prendieron fuego.
“Dicen que hasta los propios vecinos de acá, del lavadero, llevaban cosas. El freezer, por ejemplo”, se desconsuela Celeste Pérez, que era la cajera. Su silla fue llevada hasta la calzada, en avenida Colón 1.450 de San Miguel de Tucumán, por uno de los cabecillas del destrozo, que se sentó, en la más cómoda impunidad, a apreciar la destrucción.
Todo, dicen los testigos, fue coordinado desde un Volkswagen Bora. Pero ocasionalmente se detenían otros a participar del desastre. Frenó tarde una EcoSport y su conductor sólo alcanzó a llevarse una tabla de planchar. A un Peugeot 408 que pasó temprano sí pudieron llenarle de mercadería gratis su baúl de alta gama.
“Era la fuente de trabajo de nuestras familias”, se amarga Cristian García, el repositor. Además, era la vivienda de los dueños. Los saqueadores también dieron cuenta de ella. Se llevaron el inodoro y la parrilla de la cama y el bidet y la ropa interior de los propietarios y el lavabo del antebaño y el cable del teléfono y la bacha de la cocina...
“Gracias por elegirnos”, se lee a la salida.